Parecía imposible pero así es: un belga se ha convertido en el protagonista de una historia romántica en la era tecnológica. Según informa El País, Olivier Vandewalle ha recibidido por Facebook la respuesta a un mensaje que lanzó al mar en una botella hace 33 años mientras navegaba en barco por las costas de Inglaterra. El contenido del mensaje sorprende por su excesiva sencillez (Yo soy un chico de 14 años y vivo en Bélgica. No sé si eres un niño, una mujer o un hombre. Navego en un barco de 18 metros. Su nombre es Damaris. Al mismo tiempo que escribo esta carta, acabamos de pasar por Portland Bill, en la costa sur de Inglaterra. Partimos esta mañana), lo cual nos rememora la encantadora ingenuidad de la adolescencia, pero también nos permite afirmar con certeza que Olivier Vandewalle no había desarrollado a esa edad ninguna temprana vocación literaria. Pero aún nos sorprende mucho más, como muestra de los tiempos en que vivimos, que Olivier tardara 33 años en entregar su mensaje, mientras que a su destinataria (una tal Lorraine Yates, del sur de Inglaterra) le bastó un simple click de ratón para encontrarlo a él, y es que las ciencias avanzan que es una barbaridad.
Hasta aquí la información que nos ofrece El País, que no aclara qué tipo de relación han entablado Olivier Vandewalle y Lorraine Yates, pero el verdadero romanticismo de esta noticia no está en su contenido, sino en su tremendo poder de evocación. Porque es usted, lector, quien, con su embelesada fantasía y su obstinada afición por lo sentimental, ha decidido llenar las lagunas de esta historia y dotarla de un trasfondo romántico que en realidad no tiene.
Usted se niega a atribuir a la contingencia del azar que Lorraine Yates, y no otra persona, recibiera ese mensaje y quiere otorgarle a este hecho fortuito la inevitabilidad del destino. Usted está convencido de que este encuentro entre un belga y una inglesa a través de internet marca un nuevo principio en la vida de ambos y en ningún caso aceptará que su relación se limite a un intercambio banal de frases en la red salteadas de emoticonos. Usted, que ha leído un par de novelas contemporáneas y ha visto alguna que otra película francesa, imagina a Olivier Vandewalle como un pesaroso ejecutivo que vive con toda suerte de comodidades en un céntrico apartamento de Bruselas (una ciudad, en su imaginario, mucho más gris que Brujas) y cuya relación matrimonial (que no incluye hijos, para no complicar más las cosas) es una farsa llena de amargura. Ni se le ha pasado por la cabeza que el tal Olivier pueda, por ejemplo, ser homosexual, o que la tal Lorraine sea una poco agraciada mujer de sesenta años, porque usted ya ha certificado que Lorraine Yates es la mujer a la que espera Olivier Vandewalle cada noche cuando, hostigado por el insomnio, examina su trabajo, su casa y su mujer y fantasea con la idea de que otra vida es posible.
Es más: aunque la noticia no lo detalla, usted ya ha resuelto que el barco en el que navegaba el pequeño Olivier era un velero temerario que desafiaba al viento (incluso tal vez ha pensado que Damaris, en vaya usted a saber qué lengua, quiere decir Libertad). En ningún caso se ha parado a considerar que podría tratarse de un lujoso yate en el que los papás de Olivier celebrarían fiestas a las que alguien como usted ni por asomo estaría invitado.
Tal vez usted ha creado en su mente toda esta historia porque en el fondo lleva mucho tiempo esperando una botella con el mensaje de un desconocido que ya está tardando en llegar. No le culpo, pues todos nos pasamos la vida esperando algo. Tan sólo le aconsejo, para aumentar sus posibilidades de éxito, que no juegue únicamente la carta de Lorraine Yates. Adopte un papel activo y mande usted su propia botella. La respuesta le llegará en 33 años.
Ya lo creo... Vaya si lo creo...
ResponderEliminarTodos llevamos un soñador dentro... Y más que buscar, lo que hacemos es esperar que pase algo, sin saber exactamente el qué. Por lo pronto, yo espero tu próxima entrada en el blog.
ResponderEliminarPor cierto, que buscando en este caos que es Internet he encontrado que Dámaris (así, con acento) viene del griego, es un nombre español, y significa "sumisa", "mansa" o "esposa"...
Para un mitocrítico freudiano, esta historia sólo tiene una solución: el barco es un claro símbolo fálico, que además recibe por nombre sumiso, lo cual no nos indica sino que nuestro querido Olivier, a la manera de un efebo, fue seducido y sodomizado por unos pescadores griegos que, hartos ya de la irritación anal que se causaban unos a otros, decidieron emprenderla con un tierno belga -pues todos sabemos que los belgas no tienen ni media torta. Tan real como un cruasán.
ResponderEliminarDicen las malas lenguas que Olivier intenta sacarse hoy día el graduado escolar en una academia de peor fama, sita en la zona de arguelles, donde utiliza un cojín por silla y un bigote postizo.
¡Bravo! Entre todos vamos resolviendo el misterio.
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