lunes, 11 de octubre de 2010

Probar la propia medicina

Que un tipo llamado Jimi Heselden, de Halton Moor (Inglaterra), se despeñe por una colina mientras conduce un vehículo de dos ruedas de la compañía Segway, se precipite con dicho aparato sobre un río y pierda la vida no debería constituir en principio un suceso digno de traspasar las fronteras del ámbito puramente local. La noticia adquiere sin embargo un interés considerable cuando descubrimos que el señor Heselden era el dueño de la empresa fabricante del vehículo que lo condujo a una muerte prematura.

Más allá de las efectos negativos que este desdichado accidente tendrá sobre la imagen de la compañía, no podemos dejar de atribuir al carácter típicamente excéntrico de los británicos el hecho de que al señor Heselden se le ocurriera probar uno de los productos de su propia empresa. Una excentricidad que no comparte Gerardo Díaz Ferrán, el presidente de los empresarios españoles, quien, tras dejar en tierra a miles de pasajeros como consecuencia de la quiebra de su línea aérea, resumió su asombro ante las críticas con una declaración repleta de sensatez: "Yo no hubiera elegido Air Comet para volar a ningún sitio".

La sorpresa de Díaz Ferrán ante quienes veían en sus palabras un ejercicio de cinismo estaba plenamente justificada, pues exigirle a todo un señor calvo y con gafas y que lleva corbatas caras que vuele en los aviones de su compañía de bajo coste carece del más mínimo sentido. Sería como si los directivos de Telecinco envenenaran sus tardes frente a la pantalla de un televisor viendo sus propios programas, o como si el presidente de McDonalds se alimentara a base de Bigmacs, o como si a José Manuel Lara se le ocurriera leer las novelas a las que cada año les concede el premio Planeta.

A pesar de que la quiebra de Air Comet tuvo lugar hace ya varios meses, hoy me he acordado del señor Díaz Ferrán al comprobar con extrañeza que su nombre no figura entre los ganadores de este año del premio Nobel de Economía, pues, en estos tiempos que corren de crisis económica, renegar del autoabastecimiento constituye una de las medidas más eficaces para incentivar el consumo. En lugar de condecorar al señor Díaz Ferrán, la Real Academia Sueca de Ciencias ha preferido otorgarle el premio a los estadounidenses Dale Mortensen y Peter Diamond y al británico-chipriota Christopher Pissarides por sus estudios sobre el mercado laboral.

Dados los indiscutibles méritos de nuestro candidato, sólo podemos atribuir este descuido de la Academia a la fatalidad de haber recibido en gracia un nombre tan gris como Gerardo Díaz Ferrán. Si este genio de la economía tuviera una denominación más florida, como Van Petersen, O'Callaghan o Cristiano Ronaldo, ya estaría a estas alturas encargando el frac para recibir en diciembre su merecido -e injustamente denegado- galardón de manos de su Majestad en Estocolmo. Es lo malo de nacer con un nombre de don nadie, que uno parte con desventaja para tener éxito en la vida. Que se lo digan si no a José Martínez Ruiz, que no consiguió que lo tomaran en serio como escritor hasta que decidió llamarse Azorín.

En todo caso, con o sin premio Nobel, nadie que albergue auténticas esperanzas de progreso y prosperidad debiera desestimar la doctrina del señor Díaz Ferrán, que encuentra su formulación más tradicional en el famoso refrán que afirma: "En casa del herrero, cuchara de palo". Afortunadamente, en España podemos tener la tranquilidad de contar con una clase dirigente que aún conserva el sentido común. Vean si no a nuestros políticos. Todos ellos tienen la lección bien aprendida. A ninguno se le ocurriría enviar a sus hijos a la enseñanza pública.

martes, 11 de mayo de 2010

Todo queda en familia

Según 20 minutos, las cosas ocurrieron así: Pearl Carter, de Indiana, tuvo una hija a los dieciocho años a la que dio en adopción. Nunca más volvió a verla. Muchos años después, tras morir su madre de cáncer, Phil Bailey inició la búsqueda de Pearl, su abuela desconocida, y tuvo la suerte de conseguir localizarla.

Ésta sería una noticia de reencuentros familiares como tantas otras, que nos dejaría indiferentes si nos enteráramos de ella a través de la prensa escrita, pero que tal vez nos arrancara alguna lágrima de conmiseración si asistiéramos al encuentro en vivo y en directo de la abuela y su nieto a través de algún programa de las tardes de Antena 3. Ésta sería una noticia como tantas otras, salvo por una cosa: desde hace cuatro años, Pearl Carter y Phil Bailey están profundamente enamorados.

Muchos tildarán de aberrante esta historia incestuosa entre una abuela de 72 años y un nieto de 26, máxime cuando sigan leyendo la noticia y descubran que Pearl ha destinado 54 000 dólares de su pensión a contratar los servicios de una madre de alquiler para poder cumplir su esperanza de tener un hijo con Phil. Sin embargo, lo insólito de esta historia no es que una abuela y un nieto hayan franqueado las barreras que buscaban delimitar sus afectos, sino el hecho de que hayan decidido hacerlo sin el menor sentimiento de culpa.

"No me interesa la opinión de nadie", dice Pearl, consciente del profundo error que supondría dedicar sus últimos años de vida a recrearse en la aflicción y el remordimiento de haber quebrantado uno de los últimos tabús que pretenden ponerle puertas al amor. Por su parte, Phil Bailey, de cuyos conocimientos sobre la mitología clásica no informa la noticia, no ha manifestado ninguna intención de arrancarse los ojos, como hiciera Edipo cuando descubrió que había matado a su padre y se había casado con su madre.

Si algo nos conmueve de esta historia, es lo que tiene de recompensa. Pearl Carter estuvo buscando a su hija durante quince años sin encontrarla. Se casó pero nunca más volvió a tener hijos. Podemos imaginar una existencia cargada de trabajos y de días, de noches de abatimiento, de solitaria nostalgia, de pesar amargo y profundo. Un día, cincuenta años después de haber dado en adopción a su hija, recibió la carta de un joven que decía ser su nieto. La carta adjuntaba una foto. Cuando la vio, Pearl Carter supo que su vida había cambiado para siempre: "Por primera vez en años, me sentí sexualmente viva".

Si algo nos conmueve de esta historia, es que constituye la prueba irrebatible de que, al menos por esta vez, las estirpes condenadas a cien años de soledad sí tienen una segunda oportunidad sobre la tierra.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Una y mil veces

Anda la prensa revuelta estos días con el caso de Najwa Malha, la joven de 16 años a quien un instituto público de Madrid le ha prohibido acudir a clase cubierta con el hiyab. La negativa de Najwa a acatar una norma que considera injusta ha vuelto a prender la mecha de un debate incómodo que no quedó cerrado cuando hace ocho años otra joven musulmana, Fátima Elidrisi, acaparó todos los titulares que ahora la prensa dedica a quien ha decidido tomarle el testigo. Por ello, tras admirarnos de los esfuerzos denodados de Najwa por llevar a buen término su lucha tratando de sobreponerse a los daños derivados de una atención mediática que nunca reclamó, tras conmovernos con la solidaridad mostrada por algunas de sus compañeras que, para evitar que sobre este asunto se corriera un tupido velo, decidieron cubrirse con él, tras enfrentarnos a la comprometida pregunta de qué pensamos realmente de este tema y reconocernos incapaces de situarnos sin reservas a uno de los dos lados de la frontera que han trazado los creadores de opinión, tras tanto ruido y tanta furia, resulta desconcertante asomarnos a la entrevista, publicada recientemente por El País, en la que Fátima Elidrisi ofrece esta rotunda declaración: "Hoy no daría la batalla por el velo".

La frase me recordó el caso de Roberto Saviano, el escritor italiano cuya vida está amenazada desde que se atrevió a diseccionar en un libro las entrañas criminales de la Camorra napolitana. "No, no volvería a escribir Gomorra -dice Saviano cuando le preguntan-. Ese libro me ha destrozado la vida". Saviano pronuncia estas palabras como pidiendo perdón por no ser un héroe, con la mirada lánguida y el ánimo vencido por la certeza desoladora de que la pluma, finalmente, no es más fuerte que la espada.

Por mi parte, he de confesar que no he leído Gomorra. Me gustaría hacerlo pero aún no he decidido si debería comprar el libro o si sería mejor sacarlo prestado de una biblioteca pública. Por un lado, me gustaría premiar el coraje cívico de Saviano con el pago de sus correspondientes derechos de autor. Por el otro, me asalta una pregunta de difícil respuesta. Si es precisamente el éxito de su libro lo que le ha valido a su autor una condena a muerte por parte de la Mafia, ¿no será cada ejemplar vendido una nueva bala alojada en la recámara del revólver que apunta sin descanso a su sien?

Sea como sea, las declaraciones de Fátima Elidrisi y de Roberto Saviano nos producen el desasosiego de la personalidad doblegada ante una fuerza superior. Quisiéramos escuchar de sus labios una respuesta distinta, quisiéramos oírlos decir que sí, que una y mil veces volverían a hacer lo que hicieron. Necesitamos héroes que no tiran la toalla, que caminan directos a su propia destrucción sin un asomo de duda ni de arrepentimiento. Por eso nos gusta creer, a pesar de que el sentido común nos dicta lo contrario, que Galileo, ante el tribunal de la Inquisición que le obligó a retractarse de sus postulados científicos, concluyó su abjuración con una apostilla irreverente pronunciada sotto voce: "Eppur si muove".

Necesitamos esos héroes para ver justificadas nuestras decisiones tomadas en circunstancias adversas, desde ser el único que pagaba el autobús en Roma hasta pasar dos meses en coma por defender a una mujer desconocida que estaba siendo víctima de un maltrato. Los necesitamos para corroborar nuestros actos, para reafirmar que esa forma de proceder era la correcta. Los necesitamos para alejar de nuestra mente esa pregunta inoportuna que no cesa de planear sobre nosotros: si se diera de nuevo esa situación, ¿volveríamos a hacerlo?

viernes, 30 de abril de 2010

Mensaje en una botella

Parecía imposible pero así es: un belga se ha convertido en el protagonista de una historia romántica en la era tecnológica. Según informa El País, Olivier Vandewalle ha recibidido por Facebook la respuesta a un mensaje que lanzó al mar en una botella hace 33 años mientras navegaba en barco por las costas de Inglaterra. El contenido del mensaje sorprende por su excesiva sencillez (Yo soy un chico de 14 años y vivo en Bélgica. No sé si eres un niño, una mujer o un hombre. Navego en un barco de 18 metros. Su nombre es Damaris. Al mismo tiempo que escribo esta carta, acabamos de pasar por Portland Bill, en la costa sur de Inglaterra. Partimos esta mañana), lo cual nos rememora la encantadora ingenuidad de la adolescencia, pero también nos permite afirmar con certeza que Olivier Vandewalle no había desarrollado a esa edad ninguna temprana vocación literaria. Pero aún nos sorprende mucho más, como muestra de los tiempos en que vivimos, que Olivier tardara 33 años en entregar su mensaje, mientras que a su destinataria (una tal Lorraine Yates, del sur de Inglaterra) le bastó un simple click de ratón para encontrarlo a él, y es que las ciencias avanzan que es una barbaridad.

Hasta aquí la información que nos ofrece El País, que no aclara qué tipo de relación han entablado Olivier Vandewalle y Lorraine Yates, pero el verdadero romanticismo de esta noticia no está en su contenido, sino en su tremendo poder de evocación. Porque es usted, lector, quien, con su embelesada fantasía y su obstinada afición por lo sentimental, ha decidido llenar las lagunas de esta historia y dotarla de un trasfondo romántico que en realidad no tiene.

Usted se niega a atribuir a la contingencia del azar que Lorraine Yates, y no otra persona, recibiera ese mensaje y quiere otorgarle a este hecho fortuito la inevitabilidad del destino. Usted está convencido de que este encuentro entre un belga y una inglesa a través de internet marca un nuevo principio en la vida de ambos y en ningún caso aceptará que su relación se limite a un intercambio banal de frases en la red salteadas de emoticonos. Usted, que ha leído un par de novelas contemporáneas y ha visto alguna que otra película francesa, imagina a Olivier Vandewalle como un pesaroso ejecutivo que vive con toda suerte de comodidades en un céntrico apartamento de Bruselas (una ciudad, en su imaginario, mucho más gris que Brujas) y cuya relación matrimonial (que no incluye hijos, para no complicar más las cosas) es una farsa llena de amargura. Ni se le ha pasado por la cabeza que el tal Olivier pueda, por ejemplo, ser homosexual, o que la tal Lorraine sea una poco agraciada mujer de sesenta años, porque usted ya ha certificado que Lorraine Yates es la mujer a la que espera Olivier Vandewalle cada noche cuando, hostigado por el insomnio, examina su trabajo, su casa y su mujer y fantasea con la idea de que otra vida es posible.

Es más: aunque la noticia no lo detalla, usted ya ha resuelto que el barco en el que navegaba el pequeño Olivier era un velero temerario que desafiaba al viento (incluso tal vez ha pensado que Damaris, en vaya usted a saber qué lengua, quiere decir Libertad). En ningún caso se ha parado a considerar que podría tratarse de un lujoso yate en el que los papás de Olivier celebrarían fiestas a las que alguien como usted ni por asomo estaría invitado.

Tal vez usted ha creado en su mente toda esta historia porque en el fondo lleva mucho tiempo esperando una botella con el mensaje de un desconocido que ya está tardando en llegar. No le culpo, pues todos nos pasamos la vida esperando algo. Tan sólo le aconsejo, para aumentar sus posibilidades de éxito, que no juegue únicamente la carta de Lorraine Yates. Adopte un papel activo y mande usted su propia botella. La respuesta le llegará en 33 años.

jueves, 29 de abril de 2010

El marrón de Gordon Brown

No hay peor enemigo para un político que un micrófono abierto. Gordon Brown pudo comprobarlo ayer en carne propia durante una visita a Rochdale que tenía por objetivo disipar su imagen de hombre distante y mostrarlo como un dirigente cercano a sus conciudadanos. En ese intento de empatizar con el pueblo llano, tuvo que vérselas con Gillian Duffy, una mujer de 65 años que le hizo varias preguntas comprometidas. Tras responderle en tono conciliador, Brown se metió en su coche y se alejó del lugar, con la mala fortuna de que olvidó que tenía el micrófono de Sky News todavía encendido. Fue así como se captó su irritación por el momento al que acababa de enfrentarse, que calificó de "ridículo". Pero Brown no se permitió sólo calificar esa situación, sino también a la protagonista de ella, a quien se refiere como bigoted (intolerante). [ver vídeo]

Ahora bien, lo interesante de todo esto no es el hecho en sí (que nos demuestra una vez más cómo la mayoría de los políticos no son más que unos malos actores) sino cómo ha sido cubierto por la prensa española, porque en la forma en que cada periódico define a la señora Duffy podemos ver reflejada su línea editorial (las mayúsculas de los titulares son mías).

El País opta por una definición neutra y titula así el incidente: "Un micrófono abierto deja en evidencia al primer ministro británico, que llamó "intolerante" a una MUJER". Al día siguiente, en su edición impresa, el redactor decide hacer énfasis en la dignidad de ciudadana de Mrs. Duffy y ofrece este titular: "El líder laborista desprecia a una VOTANTE cuando creía apagado su micrófono".

El diario El Mundo, en una línea más sensacionalista, además de decantarse por una traducción más insultante de bigoted, opta por una definición más sensiblera de la señora en cuestión: "Gordon Brown llama "fanática" a una VIUDA".

Finalmente, Público, orientado a la izquierda, destaca la condición económica y social de Mrs. Duffy: "Brown llama "intolerante" a una PENSIONISTA".

Estas cuatro palabras juntas constituirían una buena definición de la señora Duffy. Emplear una sola de ellas define más bien a quien pretende definirla.