Según 20 minutos, las cosas ocurrieron así: Pearl Carter, de Indiana, tuvo una hija a los dieciocho años a la que dio en adopción. Nunca más volvió a verla. Muchos años después, tras morir su madre de cáncer, Phil Bailey inició la búsqueda de Pearl, su abuela desconocida, y tuvo la suerte de conseguir localizarla.
Ésta sería una noticia de reencuentros familiares como tantas otras, que nos dejaría indiferentes si nos enteráramos de ella a través de la prensa escrita, pero que tal vez nos arrancara alguna lágrima de conmiseración si asistiéramos al encuentro en vivo y en directo de la abuela y su nieto a través de algún programa de las tardes de Antena 3. Ésta sería una noticia como tantas otras, salvo por una cosa: desde hace cuatro años, Pearl Carter y Phil Bailey están profundamente enamorados.
Muchos tildarán de aberrante esta historia incestuosa entre una abuela de 72 años y un nieto de 26, máxime cuando sigan leyendo la noticia y descubran que Pearl ha destinado 54 000 dólares de su pensión a contratar los servicios de una madre de alquiler para poder cumplir su esperanza de tener un hijo con Phil. Sin embargo, lo insólito de esta historia no es que una abuela y un nieto hayan franqueado las barreras que buscaban delimitar sus afectos, sino el hecho de que hayan decidido hacerlo sin el menor sentimiento de culpa.
"No me interesa la opinión de nadie", dice Pearl, consciente del profundo error que supondría dedicar sus últimos años de vida a recrearse en la aflicción y el remordimiento de haber quebrantado uno de los últimos tabús que pretenden ponerle puertas al amor. Por su parte, Phil Bailey, de cuyos conocimientos sobre la mitología clásica no informa la noticia, no ha manifestado ninguna intención de arrancarse los ojos, como hiciera Edipo cuando descubrió que había matado a su padre y se había casado con su madre.
Si algo nos conmueve de esta historia, es lo que tiene de recompensa. Pearl Carter estuvo buscando a su hija durante quince años sin encontrarla. Se casó pero nunca más volvió a tener hijos. Podemos imaginar una existencia cargada de trabajos y de días, de noches de abatimiento, de solitaria nostalgia, de pesar amargo y profundo. Un día, cincuenta años después de haber dado en adopción a su hija, recibió la carta de un joven que decía ser su nieto. La carta adjuntaba una foto. Cuando la vio, Pearl Carter supo que su vida había cambiado para siempre: "Por primera vez en años, me sentí sexualmente viva".
Si algo nos conmueve de esta historia, es que constituye la prueba irrebatible de que, al menos por esta vez, las estirpes condenadas a cien años de soledad sí tienen una segunda oportunidad sobre la tierra.