martes, 11 de mayo de 2010

Todo queda en familia

Según 20 minutos, las cosas ocurrieron así: Pearl Carter, de Indiana, tuvo una hija a los dieciocho años a la que dio en adopción. Nunca más volvió a verla. Muchos años después, tras morir su madre de cáncer, Phil Bailey inició la búsqueda de Pearl, su abuela desconocida, y tuvo la suerte de conseguir localizarla.

Ésta sería una noticia de reencuentros familiares como tantas otras, que nos dejaría indiferentes si nos enteráramos de ella a través de la prensa escrita, pero que tal vez nos arrancara alguna lágrima de conmiseración si asistiéramos al encuentro en vivo y en directo de la abuela y su nieto a través de algún programa de las tardes de Antena 3. Ésta sería una noticia como tantas otras, salvo por una cosa: desde hace cuatro años, Pearl Carter y Phil Bailey están profundamente enamorados.

Muchos tildarán de aberrante esta historia incestuosa entre una abuela de 72 años y un nieto de 26, máxime cuando sigan leyendo la noticia y descubran que Pearl ha destinado 54 000 dólares de su pensión a contratar los servicios de una madre de alquiler para poder cumplir su esperanza de tener un hijo con Phil. Sin embargo, lo insólito de esta historia no es que una abuela y un nieto hayan franqueado las barreras que buscaban delimitar sus afectos, sino el hecho de que hayan decidido hacerlo sin el menor sentimiento de culpa.

"No me interesa la opinión de nadie", dice Pearl, consciente del profundo error que supondría dedicar sus últimos años de vida a recrearse en la aflicción y el remordimiento de haber quebrantado uno de los últimos tabús que pretenden ponerle puertas al amor. Por su parte, Phil Bailey, de cuyos conocimientos sobre la mitología clásica no informa la noticia, no ha manifestado ninguna intención de arrancarse los ojos, como hiciera Edipo cuando descubrió que había matado a su padre y se había casado con su madre.

Si algo nos conmueve de esta historia, es lo que tiene de recompensa. Pearl Carter estuvo buscando a su hija durante quince años sin encontrarla. Se casó pero nunca más volvió a tener hijos. Podemos imaginar una existencia cargada de trabajos y de días, de noches de abatimiento, de solitaria nostalgia, de pesar amargo y profundo. Un día, cincuenta años después de haber dado en adopción a su hija, recibió la carta de un joven que decía ser su nieto. La carta adjuntaba una foto. Cuando la vio, Pearl Carter supo que su vida había cambiado para siempre: "Por primera vez en años, me sentí sexualmente viva".

Si algo nos conmueve de esta historia, es que constituye la prueba irrebatible de que, al menos por esta vez, las estirpes condenadas a cien años de soledad sí tienen una segunda oportunidad sobre la tierra.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Una y mil veces

Anda la prensa revuelta estos días con el caso de Najwa Malha, la joven de 16 años a quien un instituto público de Madrid le ha prohibido acudir a clase cubierta con el hiyab. La negativa de Najwa a acatar una norma que considera injusta ha vuelto a prender la mecha de un debate incómodo que no quedó cerrado cuando hace ocho años otra joven musulmana, Fátima Elidrisi, acaparó todos los titulares que ahora la prensa dedica a quien ha decidido tomarle el testigo. Por ello, tras admirarnos de los esfuerzos denodados de Najwa por llevar a buen término su lucha tratando de sobreponerse a los daños derivados de una atención mediática que nunca reclamó, tras conmovernos con la solidaridad mostrada por algunas de sus compañeras que, para evitar que sobre este asunto se corriera un tupido velo, decidieron cubrirse con él, tras enfrentarnos a la comprometida pregunta de qué pensamos realmente de este tema y reconocernos incapaces de situarnos sin reservas a uno de los dos lados de la frontera que han trazado los creadores de opinión, tras tanto ruido y tanta furia, resulta desconcertante asomarnos a la entrevista, publicada recientemente por El País, en la que Fátima Elidrisi ofrece esta rotunda declaración: "Hoy no daría la batalla por el velo".

La frase me recordó el caso de Roberto Saviano, el escritor italiano cuya vida está amenazada desde que se atrevió a diseccionar en un libro las entrañas criminales de la Camorra napolitana. "No, no volvería a escribir Gomorra -dice Saviano cuando le preguntan-. Ese libro me ha destrozado la vida". Saviano pronuncia estas palabras como pidiendo perdón por no ser un héroe, con la mirada lánguida y el ánimo vencido por la certeza desoladora de que la pluma, finalmente, no es más fuerte que la espada.

Por mi parte, he de confesar que no he leído Gomorra. Me gustaría hacerlo pero aún no he decidido si debería comprar el libro o si sería mejor sacarlo prestado de una biblioteca pública. Por un lado, me gustaría premiar el coraje cívico de Saviano con el pago de sus correspondientes derechos de autor. Por el otro, me asalta una pregunta de difícil respuesta. Si es precisamente el éxito de su libro lo que le ha valido a su autor una condena a muerte por parte de la Mafia, ¿no será cada ejemplar vendido una nueva bala alojada en la recámara del revólver que apunta sin descanso a su sien?

Sea como sea, las declaraciones de Fátima Elidrisi y de Roberto Saviano nos producen el desasosiego de la personalidad doblegada ante una fuerza superior. Quisiéramos escuchar de sus labios una respuesta distinta, quisiéramos oírlos decir que sí, que una y mil veces volverían a hacer lo que hicieron. Necesitamos héroes que no tiran la toalla, que caminan directos a su propia destrucción sin un asomo de duda ni de arrepentimiento. Por eso nos gusta creer, a pesar de que el sentido común nos dicta lo contrario, que Galileo, ante el tribunal de la Inquisición que le obligó a retractarse de sus postulados científicos, concluyó su abjuración con una apostilla irreverente pronunciada sotto voce: "Eppur si muove".

Necesitamos esos héroes para ver justificadas nuestras decisiones tomadas en circunstancias adversas, desde ser el único que pagaba el autobús en Roma hasta pasar dos meses en coma por defender a una mujer desconocida que estaba siendo víctima de un maltrato. Los necesitamos para corroborar nuestros actos, para reafirmar que esa forma de proceder era la correcta. Los necesitamos para alejar de nuestra mente esa pregunta inoportuna que no cesa de planear sobre nosotros: si se diera de nuevo esa situación, ¿volveríamos a hacerlo?