viernes, 30 de abril de 2010

Mensaje en una botella

Parecía imposible pero así es: un belga se ha convertido en el protagonista de una historia romántica en la era tecnológica. Según informa El País, Olivier Vandewalle ha recibidido por Facebook la respuesta a un mensaje que lanzó al mar en una botella hace 33 años mientras navegaba en barco por las costas de Inglaterra. El contenido del mensaje sorprende por su excesiva sencillez (Yo soy un chico de 14 años y vivo en Bélgica. No sé si eres un niño, una mujer o un hombre. Navego en un barco de 18 metros. Su nombre es Damaris. Al mismo tiempo que escribo esta carta, acabamos de pasar por Portland Bill, en la costa sur de Inglaterra. Partimos esta mañana), lo cual nos rememora la encantadora ingenuidad de la adolescencia, pero también nos permite afirmar con certeza que Olivier Vandewalle no había desarrollado a esa edad ninguna temprana vocación literaria. Pero aún nos sorprende mucho más, como muestra de los tiempos en que vivimos, que Olivier tardara 33 años en entregar su mensaje, mientras que a su destinataria (una tal Lorraine Yates, del sur de Inglaterra) le bastó un simple click de ratón para encontrarlo a él, y es que las ciencias avanzan que es una barbaridad.

Hasta aquí la información que nos ofrece El País, que no aclara qué tipo de relación han entablado Olivier Vandewalle y Lorraine Yates, pero el verdadero romanticismo de esta noticia no está en su contenido, sino en su tremendo poder de evocación. Porque es usted, lector, quien, con su embelesada fantasía y su obstinada afición por lo sentimental, ha decidido llenar las lagunas de esta historia y dotarla de un trasfondo romántico que en realidad no tiene.

Usted se niega a atribuir a la contingencia del azar que Lorraine Yates, y no otra persona, recibiera ese mensaje y quiere otorgarle a este hecho fortuito la inevitabilidad del destino. Usted está convencido de que este encuentro entre un belga y una inglesa a través de internet marca un nuevo principio en la vida de ambos y en ningún caso aceptará que su relación se limite a un intercambio banal de frases en la red salteadas de emoticonos. Usted, que ha leído un par de novelas contemporáneas y ha visto alguna que otra película francesa, imagina a Olivier Vandewalle como un pesaroso ejecutivo que vive con toda suerte de comodidades en un céntrico apartamento de Bruselas (una ciudad, en su imaginario, mucho más gris que Brujas) y cuya relación matrimonial (que no incluye hijos, para no complicar más las cosas) es una farsa llena de amargura. Ni se le ha pasado por la cabeza que el tal Olivier pueda, por ejemplo, ser homosexual, o que la tal Lorraine sea una poco agraciada mujer de sesenta años, porque usted ya ha certificado que Lorraine Yates es la mujer a la que espera Olivier Vandewalle cada noche cuando, hostigado por el insomnio, examina su trabajo, su casa y su mujer y fantasea con la idea de que otra vida es posible.

Es más: aunque la noticia no lo detalla, usted ya ha resuelto que el barco en el que navegaba el pequeño Olivier era un velero temerario que desafiaba al viento (incluso tal vez ha pensado que Damaris, en vaya usted a saber qué lengua, quiere decir Libertad). En ningún caso se ha parado a considerar que podría tratarse de un lujoso yate en el que los papás de Olivier celebrarían fiestas a las que alguien como usted ni por asomo estaría invitado.

Tal vez usted ha creado en su mente toda esta historia porque en el fondo lleva mucho tiempo esperando una botella con el mensaje de un desconocido que ya está tardando en llegar. No le culpo, pues todos nos pasamos la vida esperando algo. Tan sólo le aconsejo, para aumentar sus posibilidades de éxito, que no juegue únicamente la carta de Lorraine Yates. Adopte un papel activo y mande usted su propia botella. La respuesta le llegará en 33 años.

jueves, 29 de abril de 2010

El marrón de Gordon Brown

No hay peor enemigo para un político que un micrófono abierto. Gordon Brown pudo comprobarlo ayer en carne propia durante una visita a Rochdale que tenía por objetivo disipar su imagen de hombre distante y mostrarlo como un dirigente cercano a sus conciudadanos. En ese intento de empatizar con el pueblo llano, tuvo que vérselas con Gillian Duffy, una mujer de 65 años que le hizo varias preguntas comprometidas. Tras responderle en tono conciliador, Brown se metió en su coche y se alejó del lugar, con la mala fortuna de que olvidó que tenía el micrófono de Sky News todavía encendido. Fue así como se captó su irritación por el momento al que acababa de enfrentarse, que calificó de "ridículo". Pero Brown no se permitió sólo calificar esa situación, sino también a la protagonista de ella, a quien se refiere como bigoted (intolerante). [ver vídeo]

Ahora bien, lo interesante de todo esto no es el hecho en sí (que nos demuestra una vez más cómo la mayoría de los políticos no son más que unos malos actores) sino cómo ha sido cubierto por la prensa española, porque en la forma en que cada periódico define a la señora Duffy podemos ver reflejada su línea editorial (las mayúsculas de los titulares son mías).

El País opta por una definición neutra y titula así el incidente: "Un micrófono abierto deja en evidencia al primer ministro británico, que llamó "intolerante" a una MUJER". Al día siguiente, en su edición impresa, el redactor decide hacer énfasis en la dignidad de ciudadana de Mrs. Duffy y ofrece este titular: "El líder laborista desprecia a una VOTANTE cuando creía apagado su micrófono".

El diario El Mundo, en una línea más sensacionalista, además de decantarse por una traducción más insultante de bigoted, opta por una definición más sensiblera de la señora en cuestión: "Gordon Brown llama "fanática" a una VIUDA".

Finalmente, Público, orientado a la izquierda, destaca la condición económica y social de Mrs. Duffy: "Brown llama "intolerante" a una PENSIONISTA".

Estas cuatro palabras juntas constituirían una buena definición de la señora Duffy. Emplear una sola de ellas define más bien a quien pretende definirla.