Que un tipo llamado Jimi Heselden, de Halton Moor (Inglaterra), se despeñe por una colina mientras conduce un vehículo de dos ruedas de la compañía Segway, se precipite con dicho aparato sobre un río y pierda la vida no debería constituir en principio un suceso digno de traspasar las fronteras del ámbito puramente local. La noticia adquiere sin embargo un interés considerable cuando descubrimos que el señor Heselden era el dueño de la empresa fabricante del vehículo que lo condujo a una muerte prematura.
Más allá de las efectos negativos que este desdichado accidente tendrá sobre la imagen de la compañía, no podemos dejar de atribuir al carácter típicamente excéntrico de los británicos el hecho de que al señor Heselden se le ocurriera probar uno de los productos de su propia empresa. Una excentricidad que no comparte Gerardo Díaz Ferrán, el presidente de los empresarios españoles, quien, tras dejar en tierra a miles de pasajeros como consecuencia de la quiebra de su línea aérea, resumió su asombro ante las críticas con una declaración repleta de sensatez: "Yo no hubiera elegido Air Comet para volar a ningún sitio".
La sorpresa de Díaz Ferrán ante quienes veían en sus palabras un ejercicio de cinismo estaba plenamente justificada, pues exigirle a todo un señor calvo y con gafas y que lleva corbatas caras que vuele en los aviones de su compañía de bajo coste carece del más mínimo sentido. Sería como si los directivos de Telecinco envenenaran sus tardes frente a la pantalla de un televisor viendo sus propios programas, o como si el presidente de McDonalds se alimentara a base de Bigmacs, o como si a José Manuel Lara se le ocurriera leer las novelas a las que cada año les concede el premio Planeta.
A pesar de que la quiebra de Air Comet tuvo lugar hace ya varios meses, hoy me he acordado del señor Díaz Ferrán al comprobar con extrañeza que su nombre no figura entre los ganadores de este año del premio Nobel de Economía, pues, en estos tiempos que corren de crisis económica, renegar del autoabastecimiento constituye una de las medidas más eficaces para incentivar el consumo. En lugar de condecorar al señor Díaz Ferrán, la Real Academia Sueca de Ciencias ha preferido otorgarle el premio a los estadounidenses Dale Mortensen y Peter Diamond y al británico-chipriota Christopher Pissarides por sus estudios sobre el mercado laboral.
Dados los indiscutibles méritos de nuestro candidato, sólo podemos atribuir este descuido de la Academia a la fatalidad de haber recibido en gracia un nombre tan gris como Gerardo Díaz Ferrán. Si este genio de la economía tuviera una denominación más florida, como Van Petersen, O'Callaghan o Cristiano Ronaldo, ya estaría a estas alturas encargando el frac para recibir en diciembre su merecido -e injustamente denegado- galardón de manos de su Majestad en Estocolmo. Es lo malo de nacer con un nombre de don nadie, que uno parte con desventaja para tener éxito en la vida. Que se lo digan si no a José Martínez Ruiz, que no consiguió que lo tomaran en serio como escritor hasta que decidió llamarse Azorín.
En todo caso, con o sin premio Nobel, nadie que albergue auténticas esperanzas de progreso y prosperidad debiera desestimar la doctrina del señor Díaz Ferrán, que encuentra su formulación más tradicional en el famoso refrán que afirma: "En casa del herrero, cuchara de palo". Afortunadamente, en España podemos tener la tranquilidad de contar con una clase dirigente que aún conserva el sentido común. Vean si no a nuestros políticos. Todos ellos tienen la lección bien aprendida. A ninguno se le ocurriría enviar a sus hijos a la enseñanza pública.